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domingo, mayo 27, 2018

Por Cristhian Tindel (@tindelcristhian) | Pocos creen que ya hayan pasado 24 años de aquella fatídica tarde en Ímola, donde en la vuelta 7 se cerraría el fin de semana más nefasto de la máxima categoría del deporte motor. En la mítica curva de Tamburello, el tri campeón del mundo, Ayrton Senna da Silva dejaría su monoplaza  de la peor forma posible, partiendo en un viaje sin retorno, con destino al olimpo de los inmortales.

Pasaron 24 años de esa toma maldita, de aquel movimiento de cabeza que a más de uno marcaria de por vida. Senna fue uno de los pilotos que más había luchado por la seguridad en la categoría, por lo que su muerte en carrera fue una jugada maquiavélica del destino, que nos privó de segur disfrutando que quien para muchos, es el mejor piloto que la historia haya visto en pista. Tenas, intrépido, un as bajo la lluvia, son solo alguna de las cualidades de Senna, quien con su carisma y su profunda devoción a Dios logró cautivar a millones de corazones en todo el mundo, quienes luego de aquella tarde de mayo, ya no han logrado ver una carrera de Fórmula 1 sin sentir ese vacío tan pronunciado.

No cabe dudas que solo fue una jugarreta del destino, Senna todavía tenía mucho para dar, pero para desgracia de todos, el Williamns – Renault nunca estuvo al nivel que uno esperaba, todo estaba confabulado en el ambiente para que una desgracia azote la máxima.

Senna, uno de los pilotos más brillantes de la historia, vivía al límite cuando agarraba el volante. Sin miedo, trataba de evitar pensar en la idea de sufrir un accidente. Ya lo sentía así de pequeño. Su primera carrera fue montado en un kart de tan solo un caballo de potencia. Se lo regaló su padre cuando tenía 8 años. Competía con niños mayores que él pero, sin amilanarse, supo superarles.

Tras debutar en la Fórmula 1 en el equipo Toleman, Lotus, uno de los grandes equipos del momento, le acogió como un auténtico campeón. Tras su paso por una escudería que contó en el pasado con Emerson Fittipaldi recaló en McLaren para, finalmente, acabar en Williams.

En la lluvia fue un maestro que se burlaba de las leyes de la física. Tuvo peleas dialécticas con Nelson Piquet y encarnizadas en la pista con Nigel Mansell. Fue referente de Rubens Barrichello y amigo de Gerhard Berger. Pero si hubo un nombre que quedará ligado para siempre al suyo fue el de Alain Prost, el hombre con el que batalló incansablemente, dándole forma al duelo personal por antonomasia de la máxima categoría. Con el francés se batieron rueda a rueda, pelearon por los favores de su equipo cuando compartieron escudería, se dijeron frases impublicables, se prepotearon mutuamente y hasta definieron un par de campeonatos a los autazos sin considerar siquiera el valor de las vidas -la propia y la ajena-, como si se tratase de auténticos pandilleros en la calle más brava. Contrariamente a lo que pueda suponerse, ello engrandeció sus leyendas.

Senna sabía que un triunfo sin Prost en la pista le bajaba la cotización al éxito. El galo se retiró en 1993. Algunas horas antes del accidente fatal, Ayrton se lo cruzó de civil en el paddock. “Te extraño y te necesito aquí, luchando conmigo”, le dijo al francés. Y Alain sonrió, sin saber que, dos días después, San Pablo sería su próxima escala para trasladar el ataúd de su más enconado y poderoso rival, con el que tantas veces hizo las paces y con el que otras tantas veces volvió a pelearse.

Han pasado 24 años, dos décadas en donde se pueden contar muchas historias sobre la grandeza de Ayrton, quien aún sigue estando como un estandarte, como un parámetro. Senna seguirá viviendo en los corazones de los más recios fanáticos de la máxima, quien con verborragia defienden al brasileño, a Senna, a Ayrton Senna de Brasil.

Extractos: La Nacional -ARG. Y ABC -ESP. 

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